El polémico legado para los sordos de Alexander Graham Bell, quien inventó el teléfono hace 150 años

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El polémico legado para los sordos de Alexander Graham Bell, quien inventó el teléfono hace 150 años

FUENTE: BBC MUNDO

El científico británico-estadounidense Alexander Graham Bell es ampliamente conocido como el inventor del teléfono… aunque no haya sido el único. Sin embargo, para buena parte de la comunidad sorda del mundo, su nombre despierta un sentimiento muy distinto a la admiración.

Una de las cosas fascinantes sobre la historia de los inventos es cuántas veces dos o más personas han trabajando exactamente con el mismo objetivo al mismo tiempo.

Este es uno de esos casos, sólo que, curiosamente, el objetivo no era precisamente el teléfono.

Alrededor de la década de 1870, la telegrafía eléctrica ya había hecho posible que las personas se comunicaran globalmente a la velocidad de la luz; aunque fue un gran avance, tenía algunas desventajas fundamentales: era costoso y solo podías enviar un mensaje a la vez.

El desafío era entonces encontrar la manera de enviar múltiples mensajes simultáneamente, y la recompensa prometía ser grande.

Bell había llegado a Estados Unidos en 1871, y ya lo habían cautivado el telégrafo y el reto.

Más que eso, se había enamorado de una chica, cuyo padre ofreció patrocinar su investigación en telegrafía múltiple, pues si la hacía posible podría beneficiarse económicamente, y así mantener a su hija cómodamente.

Aunque Bell no era ni ingeniero ni inventor, y sabía poco de electricidad, contaba con otros conocimientos y las ganas de encontrar respuestas.

Pero había otras personas intentando lograr lo mismo, algunas mucho mejor calificadas para la tarea.

Su rival más destacado era un inventor profesional llamado Elisha Gray que contaba con el respeto en ese medio, pues en dos ocasiones había ideado mejoras para el telégrafo.

Ambos estaban al tanto no sólo de los avances de cada uno, sino de los logros de otros, incluido el de Antonio Meucci, un inmigrante italiano que en 2002 sería reconocido por el Congreso de EE.UU. como el verdadero inventor del teléfono, pues consideraron que su «teletrófono», demostrado en Nueva York en 1860, lo hacía merecedor del disputado título.

Pero en ese momento del siglo XIX, no fue Meucci quien estuvo en el centro de la disputa.

Paralelamente, mientras estaban en pos de la telegrafía múltiple, Bell y Gray fueron descubriendo la posibilidad de transmitir mensajes a viva voz.

A pesar de que a ambos los sedujo, Gray decidió concentrarse más en el telégrafo que en el teléfono, convencido de que así haría su fortuna.

Por la misma razón, el futuro suegro de Bell lo presionó para que hiciera lo mismo, pero él no resistió la tentación y el Día de San Valentín, 14 de febrero de 1876, presentó su solicitud para patentar el teléfono.

Sin saberlo, dos horas después, Gray presentó ante la Oficina de Patentes su propia idea.

Pero ya era tarde.

El 7 de marzo de 1876, Alexander Graham Bell obtuvo la patente del teléfono y se aseguró los derechos del descubrimiento.

Su verdadera misión

Aunque el título de inventor del teléfono sigue siendo disputado, Bell no sólo creó uno, sino que vio su potencial y se dedicó a demostrarlo, cuando la mayoría consideraba ese tipo de artilugios como «una curiosidad científica» sin «aplicación práctica directa» (The Telegrapher, 1869).

Aquella rudimentaria invención de Bell no tardaría en desarrollarse y multiplicarse por todo el planeta.

Hoy existen casi 9.000 millones de teléfonos móviles, aparatos que -aunque irreconocibles frente al original- siguen basándose en el mismo principio.

Su nombre quedó marcado en la historia.

A pesar de ese invento -y otros que haría después, en campos tan variados como la aviación, la navegación y la comunicación por luz-, esa no era su verdadera vocación.

Durante toda su vida, Bell insistió en que su verdadera misión no era inventar máquinas, como le escribió a esa chica de la que se había enamorado, Mabel Hubbard, en 1875, cuando aún estaba trabajando en los experimentos que llevarían al teléfono.

«De una cosa estoy cada día más seguro: mi interés por los sordos me acompañará toda la vida… Nunca abandonaré este trabajo (de profesor) y debes aceptar la idea de que, cualesquiera que sean los éxitos que pueda tener en la vida, tu esposo siempre será conocido como un maestro de sordomudos».

Más tarde, lamentando tener que atender actos relacionados con el teléfono, le escribiría:

«Sería mucho más feliz y me sentiría más honrado si lograra formar un grupo de buenos maestros para educar a los sordos… que si recibiera todos los honores que el telégrafo pueda ofrecer».

FUENTE: BBC MUNDO