En la capital iraní, algunas escenas en las zonas más dañadas recuerdan a las de Gaza. Tuberías de agua rotas, coches aplastados por los impactos, enormes agujeros en el suelo y escombros por todas partes son imágenes que muchos iraníes solo habían visto por televisión y no la realidad con la que ahora se despiertan por la mañana, mientras Estados Unidos e Israel intensifican su ofensiva, que ha causado ya más de 1.300 muertos. Detrás de las ventanas, se adivinan sombras de personas que en medio de la noche tratan de averiguar cuáles han sido los nuevos objetivos.
Aún traumatizados por la sangrienta represión de las protestas contra el Gobierno de enero, los ciudadanos tratan de seguir adelante con sus vidas bajo una nube de humo y el estruendo de los proyectiles estadounidenses e israelíes.
El sábado, último día festivo de una semana de luto por la muerte del líder supremo, Ayatolá Ali Jameneí, las calles de Teherán amanecieron aparentemente tranquilas, a pesar del ruido de los aviones de combate, que cruzaban un cielo algo nublado. Algunos ciudadanos hacían recados esenciales y compraban alimentos, sin rastro alguno de los famosos y eternos atascos de la capital. La mayoría de las tiendas estaban cerradas, excepto las de alimentación y productos de primera necesidad. Muchos han evacuado la ciudad durante estas largas vacaciones y se han desplazado en masa a las zonas turísticas del país, en la costa del mar Caspio.
Miles en todo el país han celebrado ceremonias nocturnas de duelo por la muerte de Jameneí, el 28 de febrero, al inicio de la campaña militar liderada por Estados Unidos. Los partidarios de la República Islámica esperan con impaciencia el funeral de su idolatrado líder. Un vídeo viral muestra a un grupo de motociclistas con la bandera de la República Islámica coreando “esta es la batalla final, Jameneí volverá”, deseando que el próximo líder de Irán sea un hijo del difunto.
Otros corean desde sus ventanas consignas a favor de la monarquía, en un ejemplo claro de la polarización que invade la sociedad. “Estoy deseando que termine la guerra”, dice Orkideh con una sonrisa en la voz, pensando en volver a las calles con sus amigos y retomar las protestas de enero. Esta mujer de 42 años, que prefiere que su nombre completo no sea publicado, trabaja por cuenta propia y abandonó la capital para dirigirse a las costas del Caspio con su perro bajo el brazo cuatro días después del inicio de la guerra, para reunirse con un grupo de amigos que se encontraban a salvo.


